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Regalo del Cielo

Regalo del Cielo

Nuestra alma reposa al saber que nuestro Padre hará lo que es mejor para nosotros
Versículo: Lucas 1:5-25
El susto que le produjo a Zacarías la visita del ángel eventualmente pasó, y seguramente dio lugar al asombro. Al igual que su padre Jacob, el anciano sacerdote exclamó, asombrado: «¡He visto a Dios cara a cara, y ha sido preservada mi vida!» (Génesis 32.30). Nadie permanece igual luego de semejante experiencia. Quizás en esta observación encontramos la más clara evidencia de lo que constituye una genuina experiencia espiritual. En cada reunión experimentamos toda una gama de emociones. Rápidamente atribuimos al Señor aquellas que consideramos más agradables. No obstante, el impacto de ellas no duran más allá del encuentro y nuestros vidas continúan en las mismas condiciones que antes. Como ya se ha señalado, las experiencias más espirituales muchas veces se producen en el terreno de lo ordinario. Dios no solamente nos llama a aceptar esto, sino también a aprender a valorar lo cotidiano, pues pasaremos la mayor parte de nuestra vida en ese ámbito. Así también le ocurrió a Zacarías. «Cuando se cumplieron los días de su servicio sacerdotal, regresó a su casa. Y después de estos días, Elizabet su mujer concibió». Ella, por su parte, se recluyó por cinco meses, diciendo: «Así ha obrado el Señor conmigo en los días en que se dignó mirarme para quitar mi afrenta entre los hombres». ¿Quién de nosotros puede saber cuántas lágrimas habría derramado esta mujer? ¡Cuántos momentos de angustia habría experimentado! En cuántas ocasiones se sentiría excluida de las festividades y alegrías que acompañaban a las otras familias con las que se relacionaba. Su dolor, sin embargo, nunca se había convertido en reproche contra el Señor, pues el evangelista testifica que tanto ella como su esposo vivían una vida intachable. En algún momento aceptó la realidad que le había tocado y siguió adelante. Llegar al punto de la aceptación es una de las más grandes conquistas en la vida espiritual. Se trata de aquel momento en que soltamos aquella situación que tanta angustia nos ha producido y decidimos rendirnos a los pies de Cristo. Deja de ser una obsesión que nos atormenta día y noche, porque hemos arribado a la convicción de que la situación está enteramente en manos de nuestro buen Padre celestial y decidimos descansar en él. Escogemos la muerte, para que la vida de Cristo se fortalezca más en nosotros. Esta decisión no significa que automáticamente desaparece nuestra angustia, aunque sin duda habrá comenzado un importante proceso de sanidad en nuestro corazón. Lo importante es que habremos logrado «no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4.18). Nuestra alma reposa al saber que nuestro Padre hará lo que es mejor para nosotros, aunque no obre de la forma que nosotros consideramos indicada para esa situación. Para Elizabet la intervención de Dios llegó muchos años más tarde, cuando ya había perdido toda esperanza de concebir un hijo. Su alegría se vio multiplicada porque entendía, como ninguna otra madre, que todo hijo es, verdaderamente, un regalo del cielo.

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